El silencio que cayó sobre Penonomé este viernes fue más aterrador que el estruendo del terremoto. A pesar de la magnitud 7.7 que sacudió todo el istmo y dejó al país paralizado, hay un dato que los dominicanos debemos saber escuchar con prudencia: no hubo muertos ni heridos registrados en las zonas más devastadas. Sin embargo, el paisaje urbano habla por sí solo. En una escena digna de la peor pesadilla, el hotel de tres pisos se convirtió en polvo, mientras que la iglesia y el edificio de la gobernación de la provincia de Coclé colapsaron bajo el peso de la tierra movediza.
Una zona estratégica devastada
Penonomé no es solo un pueblo; es una arteria vital. Situado a apenas 150 kilómetros de la Ciudad de Panamá y a unos 180 kilómetros al norte del epicentro en Tonosí, este lugar se convirtió en el epicentro de la tragedia humana y material. Fuentes locales indican que los daños estructurales son severos, afectando tanto a viviendas residenciales como a edificios públicos esenciales. La iglesia, un símbolo de fe para miles de católicos en la región, ya no puede cumplir su función sagrada hasta que sus muros sean estabilizados.
Mientras las máquinas pesadas rompen concreto y madera aplastada, los rescatistas trabajan con una urgencia que solo se vive en momentos críticos. El hecho de que EFE y otros medios constataron la ausencia de víctimas fatales es un alivio necesario, pero no debe servir para bajar la guardia. La infraestructura dañada pone en riesgo a quienes aún habitan las estructuras parciales o intentan regresar a sus hogares destruidos.
Lecciones para el Caribe y República Dominicana
Aquí en República Dominicana, donde vivimos con la amenaza constante de los sismos, esta noticia de Panamá debe servir como un recordatorio doloroso pero útil. La resiliencia es nuestra moneda más valiosa, pero también nuestra mayor debilidad si no construimos sobre cimientos sólidos. Penonomé nos enseña que la magnitud del sismo no siempre se correlaciona directamente con el número de víctimas; a veces, la suerte juega un papel trágico, y otras veces, la preparación salva vidas.
Es crucial recordar que los edificios colapsados, especialmente aquellos en zonas urbanas densas como Penonomé, suelen ser los más peligrosos. La reconstrucción no puede empezar hasta que se entienda qué tan frágiles fueron las estructuras antes del 9 de octubre de 2026. Mientras tanto, la solidaridad internacional y regional fluye hacia Coclé, demostrando que en tiempos de desastre, ningún país está solo.
La ciudadanía debe mantenerse informada pero también calmada. No se deben volver a las zonas prohibidas hasta que las autoridades declaren seguro el terreno. La recuperación será larga, costosa y llena de emociones mixtas: gratitud por la vida salvada y rabia ante la pérdida del patrimonio familiar y comunitario.
Este terremoto en Panamá es un evento que marcará a una generación. Que sirva para que reconstruyamos no solo edificios, sino la confianza en nuestra capacidad de enfrentar las fuerzas de la naturaleza. La noticia de que no hay muertos es el primer paso hacia la recuperación, pero el camino por delante es largo.
Pieza editorial original inspirada en información reportada públicamente. Fuente de referencia: ver enlace.
