22 Oct 2026 · RD jablador.com
Nacional

30 años de cárcel para la pareja que torturó y mató a una niña en Santo Domingo

Justicia brutal para los monstruos que destrozaron el alma de una niña

Santo Domingo, capital del pueblo dominicano, ha visto hoy cómo la balanza de la justicia se inclinaba, aunque solo sea un poco, hacia lo humano. En medio de un ambiente cargado de furor popular y dolor colectivo, el Segundo Tribunal Colegiado del Distrito Nacional dio su fallo: Yokeiry Coronado De La Cruz y su pareja, Jeider Montero Medina, han sido sentenciados a treinta años de prisión. No es una cifra cualquiera; son tres décadas de reclusión para quienes, en la oscuridad de sus propias casas o en rincones prohibidos del país, decidieron que el sufrimiento de una niña no era suficiente y optaron por la tortura hasta acabar con su vida.

La impunidad ya no es opción: la voz del pueblo resuena

En República Dominicana, donde la palabra ‘familia’ suele ser sinónimo de protección y amor, ver cómo ese refugio se convierte en una celda de horror para un niño o niña es una vergüenza nacional que nos obliga a mirar al espejo. Estos dos individuos no solo rompieron las leyes escritas del código penal; rompieron el contrato social más básico: el derecho a la vida inocente. La sentencia de este miércoles no es solo un acto burocrático, es un grito desgarrador de la sociedad dominicana que ya no tolera que la maldad tenga carta blanca para operar bajo la narigüilla de ‘pareja’ o ‘compañeros’.

La tortura, ese acto de extrema crueldad que deshumaniza al agresor, deja cicatrices eternas en las víctimas y en sus familias. Imaginar el terror de una niña, no solo enfrentando la muerte, sino siendo sometida a tormentos antes de morir, es algo que el corazón dominicano se niega a digerir fácilmente. Sin embargo, la ley, como siempre sucede, llega tarde pero llega. Y cuando llega, lo hace con el peso de toda la comunidad internacional y de los dominicanos que exigen verdad y castigo ejemplar.

Yokeiry Coronado De La Cruz y Jeider Montero Medina no pueden caminar por las calles libres, porque su presencia libre sería una invitación a que otros sigan cometiendo atrocidades. Treinta años es una condena que busca, aunque sea simbólicamente, nivelar la balanza rota por sus manos sangrientas. Es un recordatorio doloroso de que detrás de cada crimen hay responsables que deben responder ante la justicia, no importa lo bien que se conozcan o qué relación afectiva aparenten tener entre sí.

Este caso nos deja una lección amarga: el mal puede prosperar en silencio hasta que alguien tenga la valentía de gritarlo. La sociedad dominicana debe seguir vigilante, porque la indiferencia es cómplice. Que este fallo sirva para que los padres y educadores reflexionen sobre la importancia de detectar las señales de alerta antes de que sea demasiado tarde. No podemos permitir que el dolor de una generación se convierta en estadística.

En conclusión, esta sentencia es un paso necesario, aunque insuficiente, para sanar las heridas abiertas en nuestro tejido social. La justicia hizo su trabajo, y ahora toca a la sociedad dominicana trabajar en la prevención, en la educación y en la protección de los más vulnerables. Que nunca más se olvide que una niña merece vivir sin miedo, y que quienes intentan destruir esa inocencia pagan un precio terrible.

Pieza editorial original inspirada en información reportada públicamente. Fuente de referencia: ver enlace.

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