La factura eléctrica: una herida abierta en la relación entre pueblo y gobierno
El presidente Leonel Fernández Abinader ha dado la cara al problema que más duele en la cocina dominicana: la factura de la luz. En un giro notable respecto a las declaraciones habituales que intentaban desviar el tema hacia factores externos o técnicos, el mandatario admitió lo que ya gritaba la calle: se ha fallado en la comunicación. No es solo un error de cálculo, sino una falla grave en la explicación que el gobierno ha dado a los dominicanos sobre por qué sube cada mes lo que pagamos por mantener encendidos nuestros hogares.
La realidad es dura y no tiene matices: hay fricción. Y esa fricción se alimenta porque mucha gente se siente engañada. Las distribuidoras, esos gigantes que manejan el cableado desde Santiago hasta las casas más humildes de Barahona o Samaná, han sido percibidas por la población como actores opacos que sacan provecho sin dar razón alguna. Cuando el ciudadano abre su factura y ve un número que sube mientras su consumo parece ser el mismo, lo primero que piensa es: ‘me están mintiendo’. Y si el Estado no llega a tiempo para despejar esa duda, la desconfianza se instala como una enfermedad crónica en la sociedad.
El grito de la calle: ‘mantengo los mismos hábitos’
En las redes sociales y en los mercados, el reclamo es unánime y desesperado: ‘he pagado más, pero he consumido lo mismo’. Esta frase resume el sentir de miles de familias dominicanas que ven cómo sus ahorros se van por el desagüe de la luz. Es una injusticia palpable que ataca directamente la capacidad de los ciudadanos para cubrir otras necesidades básicas, desde el transporte hasta la alimentación. El gobierno sabe que esto es un tema sensible; tocarlo sin delicadeza puede desatar protestas masivas, pero ignorarlo garantiza el caos social y la pérdida de legitimidad.
La excusa técnica no basta. No se trata solo de mencionar el incremento en los costos de combustible o las pérdidas en la red, aunque esos factores existen. Se trata de traducir ese lenguaje burocrático a algo que entienda la abuela en la esquina del barrio y el joven trabajador en Santo Domingo Este. Si el gobierno no logra hacer esa traducción, pierde su principal herramienta: la confianza. Sin confianza, cualquier medida económica se ve como un impuesto secreto disfrazado de ajuste tarifario.
La situación es delicada porque el tema eléctrico es transversal a toda la economía dominicana. Una factura alta significa menos dinero en las manos del consumidor, lo que reduce el poder adquisitivo y frena el consumo interno. Es un círculo vicioso que el Estado debe romper antes de que sea demasiado tarde. El reconocimiento del presidente Abinader es el primer paso, pero si no va acompañado de acciones concretas y una comunicación transparente y constante, será solo un gesto de oportunismo político destinado a ser olvidado al mes siguiente.
El pueblo dominicano ya tiene suficiente con promesas vacías. Necesita ver números reales, explicaraciones claras sobre dónde va cada centavo que sobra en la factura, y garantías de que el gobierno está actuando para frenar esas subidas injustificadas. La transparencia es la única medicina que curará esta herida en la confianza pública. Si no hay claridad ahora, mañana las consecuencias serán mucho más graves para toda la nación.
Pieza editorial original inspirada en información reportada públicamente. Fuente de referencia: ver enlace.
