La estadística oficial miente a los ojos del ciudadano
En el corazón de nuestro país, donde el miedo ha pasado de ser una sensación esporádica a convertirse en un compañero de viaje diario, surge un debate necesario y doloroso que nos obliga a mirar más allá de las pantallas de los noticieros. El diputado Faride Raful lanza un mensaje claro y contundente: la reciente disminución en la tasa de homicidios no debe ser tomada como una señal verde de que nuestra gente camine por las calles con tranquilidad. Detrás de esos números oficiales, hay una realidad visceral que solo quien pisa el asfalto de nuestros barrios marginales puede entender realmente.
La diferencia entre morir y sufrir
Cuando las autoridades presentan un gráfico que baja levemente la línea roja de los homicidios dolosos, olvidan lo que significa para la familia dominicana. Para muchos, el miedo no nace solo del cuerpo sin vida que se encuentra al amanecer; nace del sonido de una ventana rota a medianoche, del vecino que cruza la calle con la mirada desconfiada y de la tensión que se respira en las plazas principales. La percepción de seguridad, esa sensación intangible pero vital, está siendo erosionada por una violencia común que no siempre deja cadáveres inmediatos ni hace subir las gráficas oficiales.
- Los conflictos barriales siguen estallando con la misma ferocidad de años atrás.
- Las rencillas entre vecinos, alimentadas por el descontento y la falta de oportunidades, mantienen encendido el fuego de la violencia urbana.
- El raterismo, esa plaga que nos quita lo más básico, sigue siendo una constante que genera inseguridad financiera y psicológica en las familias.
Faride Raful tiene razón al apuntar que la meseta de la delincuencia común es mucho más grande que el dato de homicidios. Vivimos en un país donde un accidente de tránsito puede terminar en duelo, pero también donde una discusión por una cuenta no pagada puede escalar a agresiones físicas graves. Esta realidad cotidiana marca nuestra existencia y hace imposible ignorar que estaríamos mintiéndonos si creemos que todo está bajo control solo porque la tasa de asesinatos bajó un porcentaje.
La experiencia en las calles dominicanas nos enseña que la seguridad es un espectro, no un interruptor. No basta con que el Estado reporte menos muertes para decirle al pueblo que puede dormir tranquilo. Si seguimos caminando con la mano en el bolsillo buscando el arma o evitando ciertas horas del día a pesar de los números
Pieza editorial original inspirada en información reportada públicamente. Fuente de referencia: ver enlace.
